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Devoción del padre Pío a la Santísima Virgen

Por Pio de Pieltrecina, Leandro Saéz

Su amor a la Virgen Santísima empieza, “con el alba, el 26 de mayo de 1887, cuando fue bautizado a los pies de la imagen de nuestra Señora de los Ángeles, en Pietrelcina: amor que brilla luego, esplendente, durante el largo período de su vida, y que se oculta en la noche del 22 al 23 de septiembre de 1968, también bajo la mirada de María. 

Su madre, la señora Giuseppa, fue la que encendió en el corazón del niño Francisco Forgione esa llama viva de amor a María.

Durante toda su vida llevó consigo un pequeño cuadro de la Patrona de su ciudad, nuestra Señora de La Líbera; lo tenía siempre colgado en una de las paredes de su celda.

Se conserva en Pietrelcina el Arco de la Virgen, ante cuya imagen se detenía el niño Forgione para saludar a la Madre de Dios siempre que pasaba bajo él. Se recuerda, asimismo, cómo aquel joven y devoto religioso, dondequiera que se encontraba durante su permanencia en Pietrelcina, rezaba el Angelus Domini, al toque de oración”. 

Recordamos algunas de sus expresiones de confianza y de afecto a la Virgen María: 

«¡Cuántas veces he confiado a esta Madre las penosas ansias de mi corazón agitado y cuántas veces me ha consolado! 

En mis grandes aflicciones, al no tener ya madre en esta tierra de angustias, no puedo olvidar que tengo una muy amante y misericordiosa en el cielo. 

¡Pobre madrecita mía! ¡Cuánto me quiere! Lo he llegado a comprobar muchas veces, de manera bien elocuente, al despuntar este hermosísimo mes de mayo. 

¡Con qué cuidado me ha acompañado al altar esta mañana! ¡Parecía que no tenía que pensar en otra cosa sino sólo en mí, a fin de llenar mi corazón de santos afectos!». 

El 15 de agosto de 1929, día de la Asunción de la Virgen, mientras celebraba la santa misa, tuvo esta visión: «Esta mañana he subido al altar, ¡ni sé cómo! Dolores físicos y tribulaciones interiores trataban a porfía sobre cuál de ellos podría martirizar más mi pobre ser. Luego, en el acto de consumir la Sagrada Especie del Pan, me invadió de arriba abajo, en toda la extensión de mi ser, una luz súbita, y vi claramente a la Celestial Señora con su Hijo, niño pequeño en sus brazos, y me dijo: "¡Estáte tranquilo! ¡Nosotros estamos contigo! ¡Tú nos perteneces y nosotros somos tuyos!". Oído esto, ya no vi nada más. Durante todo el día me he sentido abismado en un piélago de dulzuras y de amor indecibles». 

Cuando me encuentro en presencia de la Virgen y de Jesús: 

Siento como si me abrasara un puro fuego; me siento estrechamente unido al Hijo de Dios, por medio de su propia Madre, sin ver cómo son las cadenas que me atan a ellos, tan estrechamente; mil llamas me consumen; siento como si muriese de continuo y, sin embargo, ¡vivo!»>. 

“Quisiera tener una voz tan fuerte que pudiera con ella invitar a todos los pecadores del mundo a amar a María. Quisiera tener alas para volar por todas partes e invitar a todas las criaturas a amar a Jesús y María”. 

¿Cómo oraba San Pío de la Pietrelcina a La Virgen Santísima?

¡Oye, Mammina! No me importa que me mires así. Yo ya te quiero bien, más que a todas las criaturas del cielo y de la tierra. Después, se entiende, de Jesús. ¡Pero te quiero mucho!». 

Un día, después de la comunión, se le aparece la Santísima Virgen con toda su ternura de Madre y exclama el padre Pío: “¡Ah! ¡Mammina cara! ¡Al fin veo tus ojos! ¡Me miran! ¡Y qué bellos son! Tenía razón Jesús. ¡Sí! ¡Eres hermosa! Si no se opusiera la fe, te llamarían los hombres DIOSA. Tus ojos son más resplandecientes que el sol. ¡Oh, Mammina mía, me glorío de Ti! ¡Te amo! ¡Pero, ah! ¡Ayúdame, porque ya sé que es voluntad de Jesús que yo vaya allá, socórreme, Mammina mía querida...!»

Importunaba incesantemente a la Santísima Virgen, con novenas, rosarios, ruegos y oraciones de todo género.

¿Cuántos Rosarios rezaba el Padre Pío?

“¿Quién podrá contar escribe el padre Francesco Napoletano, religioso que convivió muchos años con el padre Pío los rosarios que rezó en el arco de una vida tan larga y maravillosa? Llevaba siempre el rosario consigo, o enrollado en la mano o en el brazo, como si fuera una sarta de perlas o un escudo de defensa». 

Tenía rosarios en todas partes, bajo la almohada, en la mesilla de noche, en los bolsillos, dondequiera... Era el religioso del rosario. Consideraba el rosario como su arma predilecta contra toda clase de enemigos. 

En cierta ocasión en que estaba enfermo, postrado en cama, notó que se le había extraviado el rosario. Le dice al padre: «¡Oye! ¡Oye! Mira bien a ver si encuentras mi arma. ¡Tráeme enseguida el arma!». Entendió pronto el padre que se refería al rosario. 

El rezo del rosario era su oración preferida; lo recitaba de continuo, misterio tras misterio; todo el tiempo disponible lo dedicaba a rezar el rosario. Dejó escrito: «Diariamente recitaré no menos de cinco rosarios completos”. 

Con frase feliz se le llegó a llamar «el devorador insaciable de rosarios». Ciertos devotos le preguntaban días antes de morir: «¡Padre! ¿Y qué es lo que nos podría decir ahora? ¿Qué es lo que nos recomendáis?». Respondía: «¡Amad a la Virgen y hacedla amar! Rezad el rosario; rezadlo siempre. ¡Rezadlo cuantas veces podáis! Es verdad, sí, que Satanás impera en el mun- do; pero impera porque otros le dejan imperar. ¿Puede acaso un espíritu dominar de por sí a nadie, si no se une a las voluntades libres de los hombres? ¡Quien mucho ora, se salva de seguro. ¡Quien poco ora está en peligro de no salvarse y quien no ora nada, ese está en camino de perdición! La oración del rosario es la oración que hace triunfar de todo y a todos. Ella, María, nos lo ha enseñado así, lo mismo que Jesús nos enseñó el padrenuestro»". 

En cierta ocasión visitaba al padre Pío el Obispo Monseñor Pablo Corta, juntamente con un amigo suyo, oficial del ejército italiano; el Obispo le pedía al padre Pío, bromeando, un billete de entrada al Paraíso para el militar. El padre Pío, sonriente, le responde: «¡Ah! ¡Sí! ¡Sí! Con mucho gusto. ¡Para entrar en el Paraíso se requiere algo muy importante! Hay que contar con el billete de acceso a la Santísima Virgen. Si esto se consigue, lo hemos conseguido todo. Ella es la Puerta del cielo. Y el billete que te permita el ingreso en el cielo es el Santo Rosario. Este es el billete. Toma, pues, toma el billete para entrar en el cielo», le dice al militar, mientras con su mano le alarga un rosario. 

Es muy probable que el padre Pío muriera viendo presente a la misma Reina del cielo. Pasó los últimos instantes de su vida, acomodado difícilmente en un sofá, en su celda; pendía de la pared próxima, ante su vista, el retrato de su madre y el cuadrito de nuestra Señora de La Líbera. El padre Pellegrino, que le asistía en aquel momento, le entretenía, recordándole lo buena que había sido su propia madre, cuyo retrato tenía delante. 

<< ¡Sí! ¡Sí! le respondió fatigosamente; ¡sí! ¡Ya la veo, no te preocupes! ¡Ahí veo yo no una, sino dos madres!». 

¡A Jesús por María!