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Resumen de la carta autobiográfica de Alfonso de Ratisbona

Alfonso Ratisbona, nació el 1 de mayo de 1814. Con 11 años inició sus estudios en el Colegio Real de Estrasburgo, el mismo confiesa: “progresé más en la corrupción del corazón que en la cultura”. Cuando su hermano Teodoro se declaró cristiano y fue ordenado como sacerdote, Alfonso cobró un odio profundo por todo lo religioso. 

Huérfano de padre, pasó al cuidado de su tío, un hombre muy ilustre, con notable fortuna. No teniendo hijos, lo acogió como si realmente lo fuera, rodeándolo de todas las comodidades posibles. Alfonso, desde muy temprana edad, fue dueño y señor de su patrimonio, y sumado a los exuberantes cuidados de su tío, vivía para el confort y la mundanidad. 

Él nos cuenta: Una sola cosa me reprochaba mi tío: “Te gustan demasiado los Campos Elíseos”. Yo no pensaba más que en los placeres. No soñaba más que en fiestas y diversiones, y por ellas me dejaba llevar con pasión.

Los planes de Dios eran otros …Próximo a casarse, decide retrasar la boda, su novia era aún muy joven para contraer nupcias, tenía solo 16 años. Ante este percance, opta por visitar a un entrañable amigo en Nápoles – España. Disfrutó no solo de su gran amigo, sino de la bella arquitectura española, tomó nota de la arraigada fe católica, a pesar de la repugnancia que sentía por ella. 

Terminada su estancia en Nápoles, decide continuar su viaje por Palermo, pero una Providencial equivocación, cambiaría para siempre el rumbo de su absurda vida. Él mismo lo cuenta en su autobiografía:                     

“¿Cómo llegué a Roma? No puedo decirlo, no puedo explicarlo. Creo que me equivoqué, pues en lugar de dirigirme a la sala de las salidas para Palermo, donde quería ir, me encontré en las oficinas de diligencias para Roma”. 

Estando en Roma, visitando a su gran amigo Gustavo de Bussiéres, se encontraría con el señor Teodoro De Bussiéres, tío de Gustavo, y gran amigo de su hermano Teodoro, por lo cual le repugnaba profundamente su presencia, y aún más después de saber que se había convertido del protestantismo al catolicismo. 

Alfonso nos cuenta: “Continuaba recorriendo Roma todo el día, El señor Teodoro de Bussiéres me hablaba de las grandezas del catolicismo, y yo respondía con ironía y con las acusaciones que había leído o escuchado con frecuencia.

De todas formas, me dijo el señor de Bussiéres, ya que Vd. detesta la superstición y profesa doctrinas muy liberales, ya que tiene un espíritu valiente y muy ilustrado ¿tendría el valor de someterse a una prueba inocente?

La Medalla Milagrosa

– ¿Qué prueba? –llevar consigo una medalla de la Santísima Virgen. Le parecerá ridículo ¿verdad? sin embargo, yo doy un gran valor a esta medalla.

Confieso que la propuesta me sorprendió por su pueril originalidad. No esperaba esta ocurrencia. La primera reacción fue la de reírme, encogiéndome de hombros.  Me puse la medalla al cuello y exploté de risa: “¡Ja, Ja! ¡Ya soy católico, apostólico y romano! Era el demonio que profetizaba por mi boca.

El “Acordaos”

Ahora, me dijo, es necesario completar la prueba. Se trata de rezar por las mañanas y por las tardes el “Acordaos”, oración muy breve y muy eficaz que S. Bernardo dirigía a la Virgen María. Exclamé; “¡Dejemos esas tonterías!” Porque en aquel momento sentí que rebullía toda mi animosidad. “¡Está bien! Le prometo recitar esta oración, pues, aunque no me beneficie, ¡creo que tampoco me perjudicará!”. 

Al día siguiente, 16 de enero, hice sellar mi pasaporte y ultimé las modalidades de la vuelta; pero durante el camino, repetía sin parar las palabras del “Acordaos”. Sin embargo, no sé por qué motivo, decidí prolongar mi estancia en Roma. 

¡Oh, divina Providencia! Hice varios paseos con el señor de Bussiéres. Yo me reía de las cosas más serias, y unía a los tiros de mis burlas, el fuego infernal de las blasfemias. Apenado, el señor de Bussiéres permanecía tranquilo y tolerante. Una vez llegó a decirme: “A pesar de su comportamiento, estoy convencido de que un día usted será cristiano. Hay en usted un fondo de honestidad que me asegura y convence de que un día será iluminado, aunque para ello el Señor tuviera que enviarle un ángel del cielo”. “En buena hora, -le respondí-, porque de otra manera sería difícil”.

A media noche entre el 19 y el 20 de enero, me desperté sobresaltado. Veía fija delante de mí una gran cruz negra, de tamaño particular y sin el Cristo. Me esforcé por alejar esta imagen, pero no podía evitarlo. A cualquier lado que me volviese siempre la tenía delante.

¡20 de enero De 1842!

Saliendo del café, me encontré con la carroza de Teodoro de Bussiéres. Se paró y me invitó a subir en ella para un paseo. Paramos unos minutos en la iglesia de S. Andrés “delle Fratte”. Me propuso esperar en la carroza, pero yo preferí bajar a ver la iglesia.

¡A Jesús por María!